Hemos cobrado!

A pesar de que somos payasos voluntarios, el bolo para los niños del colegio Sakabi, afectados por sida o que tienen familiares enfermos, lo hemos cobrado, y además nos han pagado muy bien. Sabemos que hemos incumplido el código ético, pero no pudimos decir que no a estos regalos…
Los niños del colegio Sakabi han sido un público maravilloso. De esos que ríen todas las gracias, que provocan el crecimiento del espectáculo porque, animados por las risas, los payasos nos sentimos libres para jugar. De esos que, con su confianza, nos ayudan a enriquecernos como artistas y como personas.
De esos que te regalan sonrisas increíbles.
Después de la actuación, bailamos música africana con los profesores y alumnos, saltando y sudando a chorros todos juntos y, transportados por la energía de la música, sentimos la conexión profunda con esta tierra y esta gente.
Y nos guardamos un pedazo de la energía y la alegría que ellos llevan en el corazón.
Unos días después del bolo, los alumnos nos regalaron unos dibujos que habían hecho como recuerdo de nuestro paso por su escuela. Recordaban muchos detalles del espectáculo, y otros se los inventaron 🙂
Los hemos colgado en la pared para verlos cada día y no olvidar que lo que hacemos deja huella, y es importante para niños que nunca antes han visto un clown y que quizás no tienen muchas oportunidades de sonreír.
Poneos en nuestro lugar… ¿habríais dicho no a estos regalos?
Volveremos de esta expedición con la cartera vacía, pero el corazón lleno.

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Desnutrición y sida son buenas amigas

En Burkina Faso hay una enfermedad de la gente no quiere hablar, que afecta al 1% de la población: el sida. La mayoría de los infectados son mujeres, las más vulnerables por su dependencia a la voluntad del hombre. Ellas pueden transmitir la enfermedad a sus hijos y, como son las cuidadoras, si mueren dejan huérfanos en situación muy delicada.

Las mujeres enfermas de sida a veces no pueden trabajar ni alimentar a su familia. Los niños necesitan estar fuertes para hacer frente al tratamiento con antirretrovirales, porque son víctimas fáciles de virus y bacterias oportunistas. Existía un programa internacional muy eficiente de refuerzo alimentario para mujeres y niños con sida en situación de pobreza. Tras la revolución, los países occidentales han recortado ayudas y como consecuencia, el programa de refuerzo alimentario para enfermos de VIH se ha limitado, por lo que cada vez más niños con sida enferman de desnutrición.

Uno de esos niños es Abubacar. Su ficha de ingreso en el CREN (centro de recuperacion nutricional) del hospital general de Bobo Dioulasso dice:

  • Nombre: Abubacar.
  • Sexo: Varón.
  • Edad: 9 meses.
  • Peso: 5,100 kgs.
  • Peso ideal: 9,800 kgs
  • Diagnóstico: Desnutrición severa.

La madre de Abubacar fue violada y se infectó. Al quedarse embarazada su familia la repudió y por eso cuida sola del niño. A causa de la enfermedad no tiene fuerzas para trabajar, así que su situación económica es muy precaria. Las enfermeras la saludan con familiaridad, “Ha venido ya varias veces” nos explican. El corazón se nos hiela… con sólo 9 meses, Abubacar es usuario frecuente del hospital.

Pobreza, sida y desnutrición son una carga insoportable para un niño tan pequeño y una mujer tan joven que carecen de apoyo familiar. Y ahora, con el recorte de la financiación internacional que sufragaba el programa de refuerzo nutricional humanitario, Abubacar estará permanentemente en la cuerda floja y, si tiene suerte de llegar a adulto, seguramente va a sufrir problemas cognitivos y motores a causa de la desnutrición crónica.

Sus ojos grandes y tristes parecen preguntarnos por qué ha tenido que pasarle a él.

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No toques mi comida

Aunque parezca contradictorio, a veces los niños desnutridos tienen que perder peso para curarse. Y pocas veces hemos visto niños tan enfadados como los que tienen hambre acumulada y no pueden comer por recomendación médica.
Marcel llevaba dos meses ingresado en el hospital porque, a causa de la desnutrición, su cuerpo había desarrollado enormes edemas. Todo él estaba hinchado y los edemas le reventaban la piel provocándole heridas en la cara, los pies y las manos. Los médicos no conseguían que la hinchazón bajara y lo enviaron al CREN como centro especializado en desnutrición.
El tratamiento médico de Marcel consistía en reducir al mínimo la ingesta de líquidos para que los edemas bajaran. Al contrario que la mayoría de los niños desnutridos, que deben ser alimentados por sonda porque no quieren comer, a Marcel había que reducirle la ración de leche terapéutica, porque este alimento está compuesto principalmente de agua. A medida que los días pasaban, el tratamiento iba surtiendo efecto y el cuerpo de Marcel recuperaba proporciones normales, pero su estado anímico se estaba viendo enormemente afectado por el hambre. Marcel pedía comida a todas horas, y al no ser atendida su demanda, estaba visiblemente enfadado.
Cuando le conocimos estaba tan inflado que apenas se podía mover. Se le veía triste y encerrado en sí mismo. Para distraerle y que olvidara el hambre por un rato jugamos con títeres, cantamos canciones, tocamos música, inflamos globos de todos los tamaños y colores, hicimos todo lo que a otros niños les encanta, pero sólo conseguimos algunas miradas desganadas y distantes. A veces cerraba los ojos, como para que desapareciéramos de su vista. Pasaba las mañanas aletargado y sólo se animaba cuando su madre le daba de comer. Ella sufría muchísimo al escucharle pedir comida constantemente sin poder hacer nada.
Algunas veces se acercaba a las enfermeras mientras preparaban las bolsitas individuales de leche en polvo y se quedaba allí, de pie a su lado, mirando la comida. Las enfermeras le entregaban su ración del día y él se la llevaba a su madre como si fuera un tesoro. Cuando nos intentábamos acercar a él en estos momentos nos miraba amenazante diciéndonos con los ojos: “No toques mi comida”
Un día que Marcel estaba especialmente bloqueado y nada de lo que hacíamos conseguía siquiera que levantara la vista del suelo, nosotros nos sentíamos tan frustrados por no conseguir acercarnos que empezamos a quejarnos en voz alta. Al escucharnos nos miró, así que exageramos la acción y empezamos a dar puñetazos a los peluches y patadas al suelo. Animamos a Marcel a gritar, morder juguetes, tirarlos al suelo, decirle al mundo lo enfadado que estaba, insultar, soltar toda esa rabia que se lo comía por dentro. El niño comenzó a llorar a gritos y después se quedó en silencio y se fue tranquilizando. Quizás habíamos encontrado por fin una forma de comunicarnos con él, y habíamos aliviado parte del peso que le aplastaba.
Marcel sigue ingresado en el CREN. Esperamos ver una sonrisa en su preciosa cara antes de que le den el alta, aunque después de tanto hospital, tanto médico y tanto clown, y sobre todo después de haber pasado tanta hambre, tiene derecho a que el enfado le dure bastante tiempo.

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Una sonrisa frente a la lepra

En el medio rural de Burkina Faso, la lepra se sigue considerando una maldición, y los leprosos son marginados, condenándoles la sociedad a una vida mísera. Por eso se trasladan a las ciudades, donde están menos estigmatizados y pueden acceder a tratamiento médico. Pero desde hace unos años, el Estado burkinés no cubre la asistencia sanitaria de los leprosos porque es muy cara, y los enfermos tienen una mala calidad de vida y son muy dependientes, lo que afecta gravemente a sus familias.

Esta semana hemos actuado para los niños de Bobo Dioulasso que tienen familiares con lepra, y ha sido un inmenso placer ver que estos pequeños son la viva imagen de la felicidad. Nosotros fuimos a regalarles nuestras sonrisas y nos las han devuelto multiplicadas por mil! 🙂

La comunidad de San Egidio ha obrado un gran milagro con los leprosos de Bobo Dioulasso. Tras el cierre del único centro sanitario para el tratamiento de la lepra que existía en la ciudad en 2001, los enfermos no podían regresar a sus pueblos de procedencia ya que la lepra había menguado su capacidad laboral y su propia autosuficiencia. De este modo, unos cuarenta leprosos se establecieron en los locales adyacentes al centro, y pusieron en marcha un pequeño barrio hecho de casas de arcilla secada al sol.

Para sobrevivir, hicieron llegar desde los pueblos a sus hijos y sus nietos. Estos niños y jóvenes cargaron en sus pequeños hombros la tarea de ayudar a vivir a sus parientes enfermos: les llevaban a la mezquita para pedir limosna, les suministraban los fármacos, hacían de albañiles para construir las casas, cocinaban. Pero para ellos no había escuela ni tiempo para ser niños.

La comunidad de San Egidio empezó a visitar la casa de cada enfermo. Muchos de ellos no recibían visitas desde hacía tiempo por la injusta fama, extendida en todo el país, de estar embrujados. Durante estos años, la comunidad ha ayudado a reconstruir las pobres casas, empezando por los techos, a menudo desplomados y, sobre todo, ha proporcionado a los leprosos una ayuda constante para la compra de medicinas. Recibir visitas y volver a recibir tratamiento ha significado para muchos de ellos reintegrarse en el tejido social del barrio: una nueva vida.

En 2005 los niños que asistían a los enfermos fueron inscritos en la escuela. Allí pueden comer y, como siempre sobra algo, se lo pueden llevar a casa. La comunidad, además, organiza cada semana actividades de ocio para los pequeños, y así estos niños, tras años de una vida dura, entre trabajos pesados y mendicidad, son hoy el retrato de la alegría.

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